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Feria de las pulgas, una aventura ecológica y popular

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Soy un amante del cachureo, del rebusque,  de la sorpresa,  Uno de mis máximos placeres es salir con algunas lucas en el bolsillo y recorrer  el mágico espacio llamado “feria de las pulgas”.   Puede ser que alguna vez tenga una idea de lo que busco, pero la mayoría de las veces simplemente se revela ante mis ojos en el mismo recorrido.  Un Sábado en la mañana, en la población Baquedano cuando estoy en Vallenar, o en la populosa Tierras Blancas (población coquimbana) o la más rebuscada Feria que se ubica en los alrededores del parque Pedro de Valdivia) ambas, cuando más que habitualmente visito La Serena (lugar de donde provengo). Ahí compro herramientas, libros, música, películas, camisetas de equipos con historias emblemáticas como el Corinthians de Sócrates, zapatillas y poleras usadas, etc. Mi señora, Isabel, buscando siempre una tenida o zapatos para nuestro retoño, mientras mi hijo con su mirada de Lince es capaz de identificar Juguetes creativos a precio de ganga. Adoro esa feria llena de cachureos que buscan nuevo dueño después de haber terminado su vida con uno anterior, el reinvento en su temprana jubilación. Siento cierto recelo con esos comerciantes que venden lo nuevo, con productos chinos, de plástico que ensucian el espíritu pulgero.

Mi idilio con la feria de las pulgas se arraigó  en tiempos difíciles, sin trabajo, recordé mis tiempos de estudiante, cuando vendía algunos cachureos en una versión light del emprendimiento pulgoso, con el fin de financiar la juerga necesaria en tiempos universitarios, pero siempre difícil pal estudiante pobre. Entonces, tome un coche de mi hijo, lo cargamos con lo que pudimos y me fui caminando a la población minas, a un costado del Parque Coll, donde en ese tiempo se ubicaba la feria de las pulgas serenense.  Más de una peripecia,, panas del coche, Días en blanco, Días muy buenos que pararon la olla la mitad de la semana, etc. Conocí la hermandad del pobre, esa que aparece en la adversidad, (no la manoseada al estilo Kroisbergiano o a lo tipo matinal). más de alguna vez algún colega pulguiento me ayudo con transporte, o convidándome un sorbo de bebida o un pedazo de sándwich de mortadela. Poco  tiempo después, nuevamente cesante, volví a reincidir en la Feria popular tierra blanquina, territorio identitario y orgulloso que se desmarca de su dependencia administrativa de Coquimbo y de su parca y deslavada vecindad con La Serena. Aquí conocí esas pequeñas hermandades de clase. Compartiendo un bloqueador barato o un cigarrillo y el saludo afable y sincero entre compañeros de cachureos. En las primeras horas de la mañana y las finales, pasado el mediodía , nos convertíamos también en clientes. Apropiándose tempranamente de la novedad que traía algún feriante amigo, o juntando lo poco que ganábamos para poder buscar un objeto preciado en un puesto cercano. El fiado, esa muestra de confianza sin papeles era habitual, y puedo decir, habiéndome alejado del rubro hace ya un buen tiempo, nunca quedo una deuda impaga.

En mi pequeño núcleo familiar el recuerdo de la feria de las pulgas es una experiencia agradable, significativa y querida. Siempre  nos da vuelta y reconforta,  como un objeto no va a la basura, que siempre existe un comprador buscando ese producto especial que para otro es desecho. Como un envase de colados, termina siempre como un objeto útil para guardar azúcar, mermelada casera o mayonesa, presentado sobre ese paño extendido, que parece limpio por el frente y guarda tierra, polvo y grasa por el reverso.  Siento que hay un aporte mayor al cuidado del medio cuando busco en las pulgas, que cuando compro un producto certificado ambientalmente, con propiedades biodegradables y no contaminantes a un precio inexequible, pagado en cuotas en un Mall. Cuando compro un libro en las pulgas, evito en algo que un árbol se vuelva a cortar, cuando compro una herramienta vieja,  pero útil, doy una pequeña batalla contra una minera que extrae irresponsablemente algún mineral. Cuando compró una polera de niño o un pantalón usado a un feriante, quizás le ayudo a parar la olla del día.

La feria pulgosa como cariñosamente le digo, es un espacio de encuentro, de fiesta, que desafía las dietas con churrascas, sopaipillas, brochetas y mote con huesillo para capear el calor o el hambre. Ese espacio amable al que asistes en shorts, sandalias y polera, no necesitas producirte para visitarla. Nadie se fijará si tus lentes son de marca o los acabas de comprar en un paño con uno que otro rayón. Los lucirás orgulloso igual. Es una jungla con personajes variopintos pero llenos de historias. El cincuentón de lentes con su barba cana buscando un libro o una antigüedad. El pelucón melómano revisando entre los vinilos y los cassettes viejos aquella joya extraviada de los Beatles o Judas Priest. La mamá afligida buscando los zapatos de la escuela o el pantalón escolar que reemplace los rotos por el hijo a mitad de año. Aquella joven adolecente con su ojo experto buscando a Cristhian Dior, Versache o lo último de Vogue, entre las rumas de ropa a precios ridículamente accesibles. Aquel resabio pachamamico sesentero vendiendo inciensos que incomoda y hace estornudar a alguno de los alérgicos  visitantes. El espacio donde una señora beata y octogenaria no tendrá problemas para interactuar y conversar con el veinteañero anarquista punk sentado vendiendo sus pilchas. Si este tiene algo que le interesa, la abuelita no tendrá problemas en preguntar. Hay que ver que bella fiesta se arma todos los sábados en la mañana.

A diferencia de su pariente cínica y aspiracional “la feria persa”, el objeto adquirido en las pulgas, tiene pachorra, tiene impronta, tiene orgullo. No oculta su origen, porque ha renacido. Guardo con orgullo y luzco siempre mis tesoros pulgueros. Una polera de Johnny Cash, Mi camiseta del Corinthians, Una enciclopedia marítima con Jack Costeau de protagonista. Siento pena cuando ya no puedo devolverlos al ciclo porque se han roto irremediablemente. Y es que pulguear tiene algo de aventura. Conseguir una prenda especial, única, tiene su ciencia. Como hay que entrenar la vista y los demás sentidos. Existen verdaderos eruditos en el arte de buscar y el complemento ideal, aquella experta compañera femenina experta en el arte de regatear.

La feria de las pulgas, el placer en las cosas simples de la vida, El consumo con rostro humano, sincero y sin caretas. Ese acto bello de interactuar mirándose las caras, entre el rojo tono de piel culpa del sol y el olor a pan amasado, transpiración y cigarros. Sin intentar ser pretencioso, creo que aquí se configura un espacio de resistencia al modelo. Las transacciones no están contaminadas de marketing, especulación, acumulación y egoísmo corporativo. Como, desde las calles de las pulgas se van tan de lejos las colusiones, los monopolios, el endeudamiento y los tratos preferenciales que discriminan al pobre.

En este espacio tan propio de nuestra clase trabajadora, donde los mitos del emprendimiento capitalista se derriban, donde Smith o  Milton Friedman no aplican, con sus teorías depredadoras y grandilocuentemente exitistas desde sus seudolibertades pensadas en individuos egoístas.  Las pulgas tiene sus propias reglas. El que llega primero tiene el privilegio de escoger la novedad, el que llega al último tendrá buenos precios, el que llega a una hora mediana, podrá recorres y visitar con tranquilidad la feria. Siempre podrás regatear, aún pareciendo ofensivo  bajar de los $100. El oferente puede mostrarte una linda sonrisa o su peor cara, dependiendo del día. Pero será honesto. El término “sin compromiso” es real, no un slogan del retail. No existe Garantía, se reemplaza por la “confianza”. Siempre habrá un lugar donde por 100 pesos podrás ir al baño. También siempre habrá un negocio donde por los mismos 100 pesos podrás probar un artículo eléctrico en un enchufe. Encontrarás esas cosas que jamás venden en el comercio formal. Un mango de olla, una manilla de auto, el tornillo justo, el que le hace, la hierba medicinal infalible, un par de rayos para la bicicleta o un vinilo de cumbia colombiana por un autor desconocidísimo. Un montón de artículos fuera de  temporada como el uniforme de colegio que al hijo de alguien le quedo pequeño.

La feria de las pulgas, ese mundito distinto que está a una pequeña aventura fraterna de distancia.

width="70"Autor:  Yuri Cortés
Profesor de Artes.
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3 Comentarios en Feria de las pulgas, una aventura ecológica y popular

  1. Me faltó agradecer a Silvana Paredes, quien facilitó las imagines del articulo

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  2. Marañón Carrerino // 4 abril, 2016 en 11:55 pm // Responder

    Yuri, excelente artículo, se siente tu forma de ver el mundo, horizontal, rescatando con ojo presente, sensible y reflexivo lo que ocurre en el entorno, viendo lo pequeño y lo grande, al mismo tiempo, con la misma importancia; poco a poco vamos comprendiendo que las ferias son un espacio de libre interacción, perseguidas pero aún no alcanzadas por el mercado, todo lugar puede ser una feria si sus componentes no se asocian por el mero intercambio monetario, toda esquina puede ser un espacio afable y solidario si se lo vive así, como las calles de Vallenar, hoy de tierra de nuevo, donde la gente camina pisando el mismo suelo que pisaron mis abuelos, bajándose, por obligación, de sus autos, ataúdes con ruedas, como dice Nicanor Parra, re aprendiendo a saludar a sus vecinos, entre baches y montones de tierra, revuelta y antigua.

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  3. Compa yuri,, muy buen artículo, creo que hablas desde lo vivencial y experiencial. Abandonar los grandes metarrelatos para construir localmente no es fácil en nuestra formación, pero, creo que lo lograste de buena forma. Felicidades..Recuerde compa que usted es un marañón, de los buenos, de los legendarios fundadores de esta idea,,,,, debemos ser más

    Taloi

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