Reciente

Tiempo de elecciones

Juan García Ro 2

Qué cosa más fervorosa

es vivir en tiempo de votaciones,

–¿no le parece a usted? querido amigo–

cruzarse con tantas sonrisas encajadas en labios

de fotogénicos candidatos.

Cosechar saludos ceremoniosos,

gentiles apretones de mano,

golpecitos en la espalda y arrumacos serviles.

Diciéndonos:

¡Hola compañero!

¡Qué tal camarada!

¡Cómo estamos colega!

¡Avancemos juntos correligionario!

Yo soy el cambio.

El progreso.

Lo mejor que a usted le pude pasar.

Muros pintados, rayados,

profanados con prosaicas consignas,

cables embanderados de lado a lado

con simpáticas y antológicas fotografías

de hombres y mujeres amables,

risueños, felices, circunspectos.

¡Oh! Esos sacrificados varones e inmoladas féminas

que recorren las vías pobretonas de la patria,

aquellas saturadas de porfiados hoyos,

fonolitas, trapos, cartones, internit

y chiquillos mechas de clavo a pata pelada.

Martirizadores viajes tratando de cambiar

rostros agrios de cotidianos, laboriosos transeúntes,

ofertas de mejoras sustanciales,

dichas con hiperbólico lenguaje.

Promesas que vienen, promesas que van,

volando vienen, olvidando se van.

–¿No cree usted que son ellos y ellas los elegidos,

tocados por varita mágica,

que tienen la potestad

de solucionar todos nuestros enredosos,

depresivos problemas,

llámese económicos, deportivos, morales, culturales;

de la vida al borde del abismo,

ángeles de nuestra guarda

que han de traernos dulces epifanías?–

Tal vez esa sonrisa gane su raya

al lado del santificado nombre,

pues ese sufragio lo acerca al poder,

no lo olvide hombre…

usted es uno más en el cómputo,

a pesar de su hambre.

Regodéese usted mirando los afiches,

Las gigantografías, carteles, volantes,

recibiendo calendarios, bolígrafos,

llaveritos, chapitas maculadas

con el semblante omnipresente del potencial vencedor del total de mesas escrutadas,

y no se olvide

que una vez solo en la cámara secreta,

con el lápiz de grafito en ristre,

luego en la urna,

que será el catafalco de sus ilusiones,

el voto vale un poto,

es la pura y sagrada verdad.

Por eso yo creo más en los maniquíes,

no obstante de estar siempre tan serios,

silenciosos en los escaparates,

no sentir calor ni frío, dolor de guata ni diarreas.

Son tan fieles estos muñecos, nunca cambian,

como la transmutación o resurrección

de estos hermosos, luminosos,

coloreados días de elecciones,

de democracia y demagogia al por mayor.

Finalmente, recuerde usted,

mi muy admirado votante que:

– cuando ella o él sea autoridad –

Pedir hora,

de si te he visto no me acuerdo,

no hay presupuesto,

váyanse a la cresta

molestosos, pedigüeños,

conciudadanos electores.

 

 

 

 

width="70"Autor: Juan García Ro
Poeta, cuentista y editor chileno, radicado en Vallenar
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