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La desconfianza , una práctica instalada, un modelo reiterativo y heredable, una política intencionada

La instauración de la desconfianza es una forma de dominación, un arma de disgregación

colegio

En la conversación de pasillos, los trabajadores de la educación echan afuera sus descargos, caen autoridades y se descueran privilegiados, se cuestionan los procedimientos de la UTP, de la Inspectoría (o desarrollo personal como instaló la reforma de Frei hijo). Los profesores no confían en los espacios dados por la estructura educativa, ven en sus directivos personajes omnipotentes y despiadados que no los escuchan ni comprenden. Este pequeño artículo nace de una de estas conversaciones. Claro esta que los actores de esta conversación, mas bien eras personajes bastante críticos e irónicos de todo el sistema educativo, pero por sobre todo unos asiduos a dejarse llevar por la grata conversación y la posibilidad de arreglar el mundo en ello. Y es en esta interesante discusión, cuando arreglábamos la escuela, que comienzo a descubrir un componente común a toda la práctica educativa, la desconfianza.
Haciendo un racconto, una mirada rápida a mi propia experiencia desde que tengo uso de razón en la escuela, comienzo a descubrir como aparece la desconfianza. Nuestros profesores en su generalidad nunca confiaron en nosotros. No nos era extraño, pues vivíamos en esos tiempos de dictadura, con su tan particular forma de enrarecer la cotidianidad, con bandos, mentiras y represión. Además mi visión de niñez limitada por la experiencia e imposibilitada de comparar, me llevaba a pensar que era parte de la normalidad ese clima de miedo y sombras. Llega la democracia, esperábamos la alegría, subíamos la voz, pero ciertos patrones continuaban. Aparecen los centros de alumnos, espacios de participación que consideraban al alumnado como ente deliberante, que sin embargo seguían a la tutela, en mi opinión exagerada, de las direcciones de los liceos. Recuerdo considerar que en mi colegio los dirigentes se preocupaban excesivamente por las banalidades alejadas de la política como los aniversarios y sus alianzas. Constituía yo un estudiante bastante amargo y fome demasiado inmiscuido en política, que no disfrutaba de esas actividades tan propias de la juventud. Un lapso de diez años entre que ingreso a la educación superior, trabajé y volví a estudiar cambiando de rumbo profesional convirtiéndome en profesor de artes plásticas. Luego, volver al aula, esta vez desde el rol docente.
Entre medio, Reforma Educacional impulsada por aquel presidente de nariz prominente, apellido histórico y caracterizado por sus innumerables viajes, esas banalidades que los chilenos tendemos a cuestionar por encima de los horrores de sangre, el corrupción institucionalizada y la práctica de la incompetencia en desmedro de las clases trabajadoras. Ya se empezaba a cuestionar la llamada transición a la democracia hablando de democracia consolidada. Los sueldos de los profesores, aún bajos y lejanos a lo que gana un profesional en el mercado, por lo menos habían salido de la categoría de miserables y ridículos.
Conocer al profesor de aula, desde la óptica del compañero de trabajo es un gran cambio, una experiencia fuerte.  Empecé a descubrir ya no al omnipotente profesional amo y señor de la sala de clases. Mas bien vi a los trabajadores subyugados del sistema, esas mujeres y hombres llenos de problemas, cansados, atiborrados de sueños rotos y frustraciones. Empezamos a conocer sus vicios, como se contamina el ambiente de trabajo con la envidia, el chaqueteo, la deslealtad. No es mi intención denigrar ni calumniar a los docentes de aula, pero muchas de estos componentes propios de grupos de trabajo los conocí principalmente en mi andar docente. De hecho mi intención es constatar como en los grupos de trabajadores asalariados se incentivan prácticas de egoísmo como forma de dividir y dominar, lamentablemente el daño se amplifica en grupos de personas dedicados a la formación de niños y jóvenes. Como dice Freire “Enseñar exige seguridad, capacidad profesional y generosidad”. Vemos como sin querer en un principio, y concientemente después ante la resignación de mantener su trabajo, repiten y trasladan prácticas de dominación a sus estudiantes. Una de estas prácticas es la desconfianza. ¿Porqué? No es casual.
Hacia el 2004 aparece en nuestro escenario educacional la Evaluación de desempeño docente (ley 19961 promulgada en agosto del 2004). Iniciativa cuestionada por el gremio de profesores. El gobierno de la época, centra los cuestionamientos a la calidad de la enseñanza en nuestro estamento “orientada al fortalecimiento de la profesión docente, en particular al mejoramiento del desempeño profesional de los docente y de la enseñanza, con el propósito de contribuir al mejoramiento de los aprendizajes de alumnos y alumnas.”. El gremio enunciado se opone a esta Evaluación denunciando que esta busca ser una caza de brujas contra los profesores y que además adolece de elementos como la carrera funcionaria, tampoco considera el perfeccionamiento de los profesores. Su aplicación el 2005 no está exenta de polémica, los profesores reticentes a ser evaluados la rechazan en varias regiones y el gobierno responde evaluando como incompetentes a los que se niegan. Después de varios gallitos, algunas acusaciones de traición al magisterio, el colegio de profesores tuerce su brazo y acepta a regañadientes la evaluación docente. ¿Cuál es la verdadera razón de la negativa de los profesores a ser evaluados? En una profesión donde la evaluación es una práctica fundamental de sus procesos y que esta presente en su que hacer cotidiano, vale preguntarse, ¿cual es la verdadera razón?
Estamos ciertos de que la evaluación de cualquier proceso es necesaria. “la necesidad de que el profesor monitoree en forma permanente los aprendizajes, con el fin de retroalimentar sus propias prácticas, ajustándolas a las necesidades detectadas en sus alumnos”(marco para la buena enseñanza) Es la evaluación el elemento que permite retroalimentarnos y mejorar nuestras prácticas. Pero, ¿Qué pasa cuando quienes llevan a cabo la evaluación no son personas validadas ante el colectivo educacional? No me refiero al punto de vista profesional necesariamente, ni de su idoneidad o su currículum. Me estoy refiriendo desde el punto de vista de las confianzas, de la intencionalidad. El profesor no es ingenuo, desconfía, y lo hace porque el mismo evalúa intencionadamente a sus alumnos. Si bien y tal como lo plantea el marco de la buena enseñanza “Los aprendizajes son favorecidos cuando ocurren en un clima de confianza, aceptación, equidad y respeto entre las personas y cuando se establecen y mantienen normas constructivas de comportamiento” . Sabe que de los resultados de sus numerosos estudiantes depende el curso de su desempeño y los indicadores por los que será evaluado, lo agobia la incomprensión del sistema que no considera las amenazas a su practica de aula. Esas variables que el ni nadie puede manejar, la extracción social de esos niños, los padres de estos, victimas como el de esta sociedad que depositan toda la responsabilidad en esta mujer u hombre, como si no bastara ya sobrevivir con todas las complicaciones de esta vida . Por eso desconfía de sus niños, desconfía en que puedan aprender, desconfía en que cuando piden un permiso, sus razones sean sanas, desconfía de su inmadurez, el profesor no le cree a sus alumnos, por eso cuando estos cambian, crecen, maduran y aprenden, el profesor se sorprende. Por otro lado, no siente los gestos que apoyen su sacrificada labor, su trabajo siempre esta en duda, difícilmente y salvo que halla ganado alguna vez un concurso público (de esos cada vez mas escasos) su estabilidad laboral es una utopía, menos pues considerar que alguna vez se halla reconocido su labor con algo mas útil que una medalla o un aplauso, (gestos que aunque son poco costosos también son escasos), solo al final de muchos años quizás, si se ha logrado mantener en una misma institución, se le reconoce la capacidad de aguante, premiados solo por durar, cuando ya es tarde, y a quien se premia el cansancio le ha marcado su rostro.
En el mundo de la educación privada el profesor desconfía mas de la evaluación, porque conoce a sus examinadores de cerca, es un sostenedor, un directivo que cuestiona sus prácticas, un director que le molesta su tono polémico, es un jefe técnico que no hace clases, es un personaje con un algún cargo inventado por ser pariente del dueño. Es ese dedo inquisidor al que no le interesa sus problemas diarios y que solo quiere resultados. La visita al aula entonces se convierte en una estresante epopeya que viola su pequeño espacio donde es amo y señor.
Parte de la teoría educacional, habla de que la evaluación no debe ser punitiva. Suena muy bien en el idealismo de las salas universitarias. La distinción entre evaluación y calificación entendiendo al primero como un proceso superior y necesario y al segundo como una forma de traducir a datos cuantitativos para la formalidad y la lectura de los procesos. Incluso nuevas teorías presentes en muchas de esos cursos de formación docente que nadie aplica por la inercia y formalidad dogmática del sistema educativo, hablan de la evaluación como una oportunidad para el aprendizaje, y por tanto la flexibilidad de la calificación. Nos enseñan y convencen en nuestro idealismo de estudiantes de pedagogía que verdaderamente existe la supervisión como un acompañamiento. La realidad es una farsa. Lo que existe es la fiscalización, o sea, te visito para atraparte, busco lo malo que tienes, te cuestiono por viejo, por nuevo, por desordenado, por academicista, por tu manejo de grupo, porque viste mucho la sociedad de los poetas muertos, porque te gustan los sindicatos. Reduzco tu practica a resultados estándares, deshumanizo tu trabajo, eres culpable de la repitencia pero también de la falta de exigencia, eres culpable de que no aprendan, pero también de que aprendan lo que no deben aprender, eres culpable de no alcanzar el curriculum, de salirte de el, de respetarlo demasiado. El profesor, este ser diminuto, se muerde la lengua, se desquita con sus alumnos repitiendo el modelo, mira con desconfianza a su pares, la envidia lo corroe, ¿cuánto gana?, ¿cuánto trabaja? Reclama entre dientes y descuera al modelo en la conversación de pasillos, pero sin dar un paso valiente hacia el cambio, tiene miedo, es cobarde, la realidad lo atormenta. Este obrero, vestido de corbata necesita respeto para salir del circulo. “El obrero tiene más necesidad de respeto que de pan” (Karl Marx).  Cuando lo logra, el estado con su gobierno de turno lo aplasta. Tan presente y con mal gusto, tenemos esa batalla perdida contra el monstruo de la burocracia que con sus armas de desinformación, resquicios legales e intereses económicos, comandados con su ministro de hacienda como general, humillo a los profesores en la batalla por la deuda histórica. Cuanto profesor muerto en la indefensión, de aquellos normalistas, con esa moral mistraliana de los piececitos de niños, que tanto nos encaran hoy, a los cuales se les olvidó y desconoció en pos de los beneficios económicos. Un combate por la dignidad con sabor a derrota, contaminado con esos eslogan malintencionados donde se pone a los profesores movilizados solo por dinero. Los profesores respondieron dándole el gobierno a la derecha, cambiamos el látigo solamente.
Al parecer la batalla la pierden todos. ¡Pero no!, alguien gana. El modelo, ese que no pertenece a un político en particular, con distintos turnos lo sustenta diferentes caras. El que debe instalar los lineamientos mundiales de explotación en las aulas de los países pobres y subyugados del tercer mundo. La instalación de la desconfianza en la práctica educativa ayuda a la desorganización, el colectivo que desconfía no es fuerte, no se defiende, el profesor que repite el modelo forma niños acostumbrados a obedecer sin cuestionarse, aprende la mala intención de las cosas y sobrevive por la viveza de la necesidad. Se convierte en un ser manipulable e ignorante, ya que al desconfiar de la escuela no aprende, no se desarrolla, no cuestiona al de arriba, se desquita con el peldaño mas cercano, su profesor, sus padres. El modelo introduce todos sus cambios estratégicos de manera subterránea, tiene el chivo expiatorio perfecto para acusarlo de todas la problemáticas y además este individuo paranoico y enajenado se vuelve ciego agobiado por su propia desconfianza. La instauración de la desconfianza es pues una forma de dominación, un arma de disgregación.
El principal problema, es que este profesor, el llamado a la formación de seres críticos, asimila la desconfianza de tal manera que el mismo empieza a desconfiar de si mismo. No de la manera autocrítica que permite crecer, porque de lo que desconfía es de sus propias capacidades, su autoestima en baja, lo hace refugiarse en la resignación, en las prácticas repetitivas que conoce a perfección. Termina por creer el cuento que le repiten desde arriba, duda de su saber, (se le olvida que el sabe, y mucho) su experiencia infinita queda anulada en su mal genio, desesperanza, sobrevive cabeza agacha y sonríe con su medalla por sus treinta años de servicio.

“Le había costado cuarenta años saber qué clase de sonrisa era aquella oculta bajo el bigote negro. ¡Qué cruel e inútil incomprensión!
¡Qué tozudez la suya exiliándose a sí mismo de aquel corazón amante! Dos lágrimas, perfumadas de ginebra, le resbalaron por las mejillas. Pero ya todo estaba arreglado, todo alcanzaba la perfección, la lucha había terminado. Se había vencido a sí mismo definitivamente. Amaba al Gran Hermano”

(G. Orwell 1984)

 

width="70"Autor: Yuri Cortés Araya
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