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Hay un tesoro en tus lágrimas, son semillas de rebelión…

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Este verso acompaña los acordes de la canción de un grupo bilbaino llamado Doctor Deseo (no muy conocido por estos lares, pero que constituye uno de mi gustos preferidos). No es que vaya a escribir una columna musical, para nada, aunque siempre la música es una agradable manifestación que me interesa y que acompaña nuestras vidas con sus particulares bandas sonoras; sin embargo, en este caso, utilizo la frase de este grupo porque me parece buena para ejemplificar el sentimiento de los indignados, aquellos que se levantan en todo el mundo, las plazas del estado español, Grecia y hasta en Wall Street, pero muy especialmente a los indignados chilenos, que levantan el movimiento por una educación igualitaria y de calidad para todos.
Marx escribía que fue el engaño y la traición lo que había empujado a los parisinos a levantar la Comuna, no les quedaba otra opción. La traición de los que gobiernan, de los que poseen los medios y las riquezas, la traición de quienes ordenan nuestras vidas a través de la manoseada espiritualidad religiosa. La traición se repite en la historia como un detonante de las rebeliones, el cansancio y la indignación, las lágrimas constituyen el germen de la rebelión. Como cuando el ejército chileno, firmada la paz con Perú, avanza en la campaña de la sierra robando, saqueando y violando las posesiones de nuestros hermanos nortinos , arrasando con los pueblos originarios de la zona. Es esta acción, que llena de vergüenza nuestra historia, lo que trajo como consecuencia la venganza de los indignados en el pueblito peruano de la Concepción. La rebelión de nuestros compatriotas trasandinos (término que escuché hace muchos años en un concierto en cassette de Quilapayún, y que me agrada como un sinónimo de hermandad latinoamericana, en aquella hipotética república de Trasandinia), cuando la traición usurpó sus ahorros en el famoso “corralito”, y éstos se revelaron contra los gobiernos corruptos de De la Rua, Menen y toda la camada de ladrones. Y el canto se escuchaba retumbar desde la plaza de Mayo hacia el mundo: “que se vayan todos, que no quede ni uno solo”. Fue la traición de la clase política y empresarial venezolana, la que aburrió al pueblo venezolano y los llevó a creer y validar la llamada revolución bolivariana.
El pueblo tiene derecho a la venganza, a recuperar lo que la dignidad de nuestra llegada al mundo nos legó. Por eso, hoy aflora la traición del 2006, la que los políticos de la época aplicaron para desmovilizar la revolución pingüina, esa incipiente gesta que hablaba de educación en tímidas propuestas, como el pase escolar o el cuestionamiento de la LOCE (Ley Organica Constitucional de Enseñanza). Tímidas nos parecen hoy, unos seminales adolescentes abrían los ojos y se atrevían a soñar. El sentido común los llevó a cuestionar el modelo educacional representado en la Loce. No podía ser que se hablara de igualdad si los transportistas lucraban con el pase escolar, no podía ser que habláramos de calidad si los colegios públicos presentaban aspectos deplorables y falencias impresentables en infraestructura. No podía ser que se hablara de Equidad si claramente el estado se estaba desligando de la Educación, considerándolo un Gasto. Los políticos de la época, presentes hoy también, olfateaban el cuestionamiento y, subiéndose al carro de las reformas, desmovilizan al movimiento estudiantil de una manera ya conocida, el engaño, las falsas promesas, la traición. Aquellos adolescentes, todavía con una cuota de ingenuidad cayeron en la trampa, se van con las manos vacías, cansados y desgastados ven como su movimiento sirve, además, para que las cúpulas partidarias profundicen el modelo con una nueva ley que reemplaza a la Loce, la LGE (Ley General de Educaciòn), perfecta herramienta para beneficiar sus inversiones en la Educación Privada financiada por el estado.
El establishment se imponía, detenía este movimiento incipiente que le incomodaba, volvía a afianzarse, manteniendo el aparente espíritu democrático, aguantando las formas triviales de “movilización” que tienen una expresión más bien reformista y negligente, esas expresadas en la CUT y el Colegio de Profesores, aquellas que se movilizan por decreto, las que fácilmente manipulaban presionando a dirigentes corruptos o simplemente indolentes, parte de sus mismas cúpulas partidarias. Lágrimas quedaban pues en quienes se habían tomado los colegios por nada, lágrimas, pero no olvido, lagrimas de indignación. Sentimientos latentes de que esto no había terminado.
Francisco de Rivera, señalado por algunos como el padre de los independentistas latinoamericanos, recomendaba en una carta a un Joven Bernardo O´higgins, que se adentraba al mundo de la política, que desconfiara de toda persona mayor de 40 años, a menos que fuera un asiduo a la lectura, sobre todo de aquella prohibida por la inquisición. Más allá de las apreciaciones de los personajes protagonistas de la cita, ese mensaje parece ser tomado en cuenta por esta nueva generación. Quizás sin haber leído a Rivera, la desconfianza en la clase política, esa añeja y acomodada en el status quo, y en esa vieja dirigencia sindicalista que acostumbra a las movilizaciones por decreto, está presente en su accionar cotidiano.
A principios de este año se olía el germen de la rebelión, esta vez distinta, madura. Se levantan las banderas por una educación igualitaria, gratuita y de calidad, pero ya no es una consigna timorata, apunta al corazón del sistema, No puede haber Lucro en la Educación Pública. No puede el Estado seguir financiando las ganancias de los privados. La Educación Pública debe ser un derecho garantizado. Esta nueva postura choca incluso con aquella vergonzosa reivindicación de mis años universitarios, el “Arancel Diferenciado”; aquella postura donde mediatizábamos en pos de un escenario posible, haciendo una concesión al sistema antes de haber siquiera tenido la oportunidad de negociar. Estábamos muy equivocados, caímos en la trampa del reformismo, y nuestra lucha universitarias fue una seguidilla de paros y tomas para detener el avance y la profundización del modelo, que terminaban irremediablemente en quiebres de mesas y traiciones de dirigentes, que provenían de los mismos partidos que se acomodaban en este instalado modelo. Hoy muchos de ellos son parte estructural del establishment en cargos de gobierno, municipalidades, muchos de ellos hoy cesantes después de la subida de la derecha, aseguran su buen vivir en consultoras, e incluso más de alguno es dueño de un colegio particular subvencionado.
Pero este nuevo Movimiento Social ha crecido, sabe que debe atacar los cimientos del modelo, que debe cuestionar la clara intencionalidad de convertir a la educación en un negocio para mantener la segregación, y de esta forma mantener el status quo. Además, sabe que no debe dar concesiones mientras no se aseguren ciertos pisos, y que el estado de movilización debe ser una constante, hasta lograr todos los objetivos, un movimiento desconfiado de los profesionales del engaño y los mercaderes. Ya no son ingenuos. Llegó para quedarse, dicen sus líderes. Las formas antiguas quedan expuestas de maneras patéticas, tratando de llevar el paso de la historia. Como profesores no somos capaces de llevar el paso, nuestra mala costumbre de transar con el egoísmo y de subestimar a nuestros alumnos, nos ha expuesto ante la sociedad como un gremio añejo y oportunista.
Educación Gratuita, el gobierno de Piñera expone su argumento contrario, utilizando las mismas palabras que en el noventa usaban los dirigentes universitarios de izquierda, ¿por qué financiar a los que pueden pagar con la plata de todos los chilenos? Argumento liviano del que hoy intento recordar ¿qué nos llevaba a utilizarlo? No hay justificación, un análisis errado manipulado por el reformismo y la cobardía, disfrazada de “táctica política”.
La razón nos devela que la explicación esta a la vista. La educación pública tiene una misión fundamental, además de asegurar la igualdad de acceso, contribuye a un proyecto de desarrollo nacional. Difícil es, pues, hacerles entender eso a quienes provienen del liberalismo económico, quienes en su limitada y egoísta mente, sólo entienden el mundo en función de las ganancias, pero sus problemas de visión no desmerecen la verdad de la Función Pública. ¿Por qué si el proyecto de desarrollo nacional beneficia a todos, este plan debe restarse de parte de las capacidades presentes en sus ciudadanos y habitantes? ¿Por qué una elite debe tener sus propias escuelas y universidades y no contribuir a la tarea de todos? La gratuidad de la educación nos hace iguales para asegurar nuestros derechos, como también asegura nuestro compromiso y deber de contribuir al desarrollo nacional. El aporte económico de las clases más acomodadas del país, “quienes ganan más” (en este modelo) debe asegurarse a través del modelo tributario. El impuesto a las ganancias. El acceso por Mérito y la gratuidad para que los mejores médicos, independiente de su origen social, puedan atender en los Hospitales Públicos del país; para que los mejores abogados, independiente de su cuna, puedan defender a inocentes ricos y pobres, o proteger a víctimas ricas y pobres, en igualdad de condiciones; para que los mejores investigadores, sean González o Errázuriz, puedan desarrollar tecnologías para todos y todas, para las Pymes o para las empresas del Estado.
Una cosa lleva a la otra, una gotera nos hace ver que el sistema entero colapsa, no podemos quedarnos en las pequeñas reformas cosméticas. Miramos a la educación y vemos la inequidad presente en las familias, vemos lo desigual de la distribución de la riqueza. El Movimiento mismo pone de manifiesto lo inconsulto e antidemocrático de nuestro sistema “democrático”, el financiamiento de las medidas devela lo irrisorio de la carga tributaria de las grandes empresas en Chile, un simple debate o una marcha muestra lo incompetente de nuestras autoridades y lo fascista de nuestras fuerzas de orden. La debacle es general. Sólo la convicción y la organización permitirá llevar estas lágrimas, ya convertidas en mares de sueños, a convertirse en un rebelde, irreverente y convincente tsunami que derribe las bases de este neoliberalismo salvaje.
Para cerrar, aún asumiendo la importancia de este movimiento ciudadano, incluso si éste llegara a demoler parte de los bastiones fundamentales del modelo, si logramos convertir a la escuela en un vehículo de transformación social que eduque a la clase y termine con la segregación, vale la pena cuestionarse: ¿seguiríamos en una etapa reformista? ¿No es acaso la escuela, en esencia, una institución creada para la socialización y la adaptación social? ¿No es esta escuela la que busca acomodarnos en la sociedad, y de este modo coarta parte de nuestra creatividad y de nuestra esencia personal? ¿No deberíamos entonces replantearnos la forma de educar en un nuevo Estado de las cosas? ¿No es entonces esto sólo el inicio de la rebelión?

width="70"Autor: Yuri Cortés Araya
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