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Transculturación e identidad: ¿Dónde está la cueca nortina?

Transformar la cultura en un emblema nacional no es sólo crucificarla, sino también cristalizarla en un rito que no cambia

Pedro Olmos. “La cueca”

Podemos hablar de transculturación toda vez que como sociedad, pueblo o comunidad, adoptamos una cultura que no es nuestra y la hacemos propia, fenómeno que ha ocurrido a través de la historia de forma transversal en todas las sociedades.
Ahora, decir que tan buena o mala es esta práctica depende de qué sea lo que se gane o pierda en el proceso. En nuestro país, a lo largo de toda su historia, se ha manifestado el deseo de una Europeización de tradiciones, costumbres, modas, entre otros, lo que ha llevado a una lenta agonía de nuestra identidad y la pérdida de la cultura tradicional de nuestros pueblos originarios, produciéndose así, un menoscabo en todo aquello que es propio de nuestro país, desde la comida hasta la música de nuestra preferencia.
Todo lo anterior, sea quizás debido a esa falsa creencia instalada quien sabe por quién, de que todo lo de afuera es mejor que lo local.
Quise tocar este tema aprovechando todo el fervor patriótico que asoma cada año al llegar septiembre, nuestro querido mes de la patria, basta ver calles y vitrinas, durante este mes, en cualquier ciudad, para inundarse de Chilenidad, hacer cursos intensivos de cueca, comprar ropa de huaso y vestidos de china para los niños, y cómo olvidar, los famosos actos que cada colegio prepara, como el más importante del año, donde todos quieren preparar el mejor número artístico, consistente en canciones y danzas tradicionales de las distintas zonas del país, donde vemos cientos de apoderados orgullosos del talento artístico de sus retoños. El problema es que la gran mayoría, tanto de los que preparan como de los que observan, no saben qué es lo que se está presentando, y se ha acostumbrado al desfile de niños y niñas vestidos con algún traje típico, simulando bailar alguna danza tradicional.
Un claro ejemplo de lo que quiero expresar, es la común presentación de bailes Rapanui, donde muchas veces niños de preescolar y primer ciclo básico, salen con trajes esplendorosos, moviéndose al ritmo de una música sensual, y haciendo gestos cuyo significado desconocen, y siguiendo una letra que podría estar diciendo cualquier cosa.
Pero volvamos al tema de la transculturación y al fenómeno que ha ocurrido con nuestro baile nacional. Entendidos en la materia, llámese folcloristas y estudiosos de la cultura tradicional, señalan que la cueca es un baile de raíces europeas, pero que durante la colonia adoptó ribetes propios y se convirtió en el baile que conocemos hoy en día, con todas sus variaciones. Ellos explican que esta danza consiste en un juego, que simula el proceso de conquista que hace el gallo a la gallina, es decir, una danza zoomórfica, obviamente, esta simulación sólo está en la esencia del baile, pero en base a ella es posible extraer diversas conclusiones.
La cueca fue catalogada como baile nacional en 1979, durante el Gobierno Militar, el tipo de folclore que primó fue muy rígido y estereotipado. Según Egidio Díaz “la cueca no debería ser impuesta por nadie: La cueca sólo debiera ser de quienes gusten del folclore. En el régimen militar este baile pasó a ser considerado como un emblema de la nación y eso mató a la cueca”.
Transformar la cultura en un emblema nacional no es sólo crucificarla, sino también cristalizarla en un rito que no cambia. Durante el régimen de Pinochet persistió la idea de que era obligación bailar la cueca, si no, no eras chileno. Pero una actitud así no deja de ser fatal para la misma. No se trata de nacionalismo ni orgullo patriótico, por el contrario, sino de gustos personales. La cueca está estrechamente ligada a un contexto social, pues refleja el momento por el que la sociedad pasa.
Si bien tiene una estructura bien marcada, la esencia de la danza se la da el bailarín, es decir, se baila como se siente. Es por ello que me sorprendió mucho ver tan arraigada, en la ciudad de Vallenar, la tradición de los clubes de cueca, propios del valle central. Un desfile interminable de huasos y chinas, moviéndose todos a un tiempo, haciendo los mismos gestos, moviendo de igual manera los pañuelos, lo que finalmente resulta agotador y aburrido para quienes observan, también genera el rechazo de quienes dicen no saber bailarla, porque creen que esa es la única forma de hacerlo.
Pero el huaso tiene una presencia, una estampa, propia de su forma de vida, del trabajo que realiza y hasta de la influencia del clima. Antes de septiembre, no vi jamás un huaso caminando por las calles, ni trabajando en el campo, ni siquiera a caballo, algo muy común en la zona central del país. Parte de su gracia y picardía se debe a lo antes mencionado, algo que no es parte de la cultura del norte de nuestro país.
Confieso que me dio un poco de pena ver esa especie de circo en torno a una danza tan hermosa. Mi primera reacción fue preguntar por la cueca nortina, tenía la idea y el deseo de ver una cueca propia de la cultura local, en cambio, me encontré con grupos robóticos, con poca gracia y sin la prestancia necesaria para la cueca huasa del valle central.
Finalmente, quiero señalar que la transculturización es un proceso sano para toda sociedad, es propio del ser humano tomar aquello que nos parece bueno e insertarlo en nuestro sistema de vida, siempre y cuando aprendamos primero a valorar y cuidar la cultura propia. Conociendo a cabalidad nuestras tradiciones y costumbres, haremos una mejor apropiación de la cultura ajena, sabremos qué tomar y cómo adaptarla a nuestra realidad. No olvidemos que en la evolución de todas las sociedades está la vuelta a las raíces, proceso que ya ha comenzado a aparecer en nuestro país, ya vivimos toda la locura de la globalización y es momento de volver un poco a lo nuestro, tal como ha pasado con las culturas más antiguas de la historia. Espero, mientras dure mi estancia en Vallenar, conocer más de su esencia y sus raíces, y que alguien pueda enseñarme la cueca nortina, propia de esta región y parte de la identidad cultural de esta ciudad.

width="70"Autor: Nitza Díaz Elgueta
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